A mi familia, que me dieron un mundo de inspiración.

El sopor de aquel encierro finalmente nos hizo aceptar que estábamos despiertos y que, peor aún, todavía seguíamos en aquel lejano lugar. Debían ser como las 6: 30 a.m. en aquella isla distante, llena de almas soñolientas, retozando en sabanas diversas, algunas compartidas y ensopadas de sudor, olvidados del viento, del mundo, del fresco.

La nube de mosquitos se había ido a dormir el día anterior alrededor de las 5:00 p.m. a sabiendas del futuro caluroso que les esperaba. Todas las noches el trepidar rítmico del generador diesel, que arrullaba, pero no dormía, cómplice del calor, iba cediendo, mientras los oídos entrenados de los mas expertos vaticinaban sus últimos momentos. Esas noches los ojos trataban de grabar los últimos fotones provenientes de las imágenes de aquel televisor Zenit blanco y negro modelo 56 que nadie sabía cómo había llegado allí, pero nos daba la esperanza que en algún lugar el hombre, y su tecnología, había logrado vencer al calor. La piel, nuestra piel, ansiaba las últimas moléculas de aire fresco que venían a nosotros en oleadas provenientes de aquel único abanico Sanyo de aspas metálicas, sin color, corroídas y llenas de telarañas. El aire que salía de él era tan denso que se hacía casi visible, movía el viento como mueve el agua la propela de un buque, así movía aquel fluido el bendito abanico mientras lo atisbábamos con un ojo y veíamos, con el otro, en la televisión ese único canal, tratando de maximizar con nuestra humanidad la mayor cantidad de aire posible. Pero éramos familia y estábamos juntos, en las malas y en las islas.

La monótona rutina matutina de esperanza en un buen día, este si, que los humanos han aprendido a través de tantas limitaciones en tantas situaciones de desesperanza parecidas, mandaba la parada esa mañana. Los preparativos para el desayuno animaban a mis tías, la pesca de la noche, recogida en la madrugada, animaba a mis tíos, y la quejumbrosa actitud de las primas ante la situación, animaba a los primos. Pero ese día, ese mismo día, se rompió la línea de continuidad cíclica del tiempo donde, como en Macondo, a pocos kilómetros de allí, un día era igual a otro. Faltaba el queso.

Como en la divina comedia, en aquel lugar todas las almas estaban clasificadas según su delito y grado de consanguinidad con El Doctor, amo y señor absoluto que aquellas tierras insulares. La noticia de la carencia del queso corrió como pólvora entre las distintas clases y generó gran expectación, como lo hacen las pequeñeces en los lugares de eterna monotonía. El Doctor y un tío se auto eligieron para la vital misión de conseguir el queso en tierras continentales. Ante el temor de que nunca volvieran, se escondieron las llaves, no se les dejó cepillar sus dientes, peinarse era inútil, y fueron ataviados con la camisa más roída, los pantalones mas tallados y las alpargatas más desgastadas. Finalmente, el un acto de sabiduría y previsión femenina, las tías les impusieron, como grilletes sentimentales, a dos sobrinos, los mas latosos, los más tragones y los menos necesarios en aquel lugar.

– Vea papito, se van con sus tíos y no se les despeguen por nada del mundo, – dijo la tía al primero.

-Ah?, dijo el pobre primo aun somnoliento y desgastado por la mala noche.

-¡Que adonde van sus tíos van ustedes!, – dijo la segunda tía más angustiada.

-¿Que?, preguntó en segundo primo mientras le quitaban la pijama de bordados y estilo de chinito y le colocaban la misma camiseta de fútbol que usaba desde hacía 5 años.

-Ay Jesús, María y José, dame paciencia, imploró otra tía. Estos dos se van a perder.

-Lo que pasa es que salieron a la familia política, sentenció la última.

El medio de transporte denominado Johnson – bautizado por los motores que los propulsan desde 1942 -, era un artificio de inseguridad pura. Consistía en una, por así decirlo, embarcación de 800 milímetros de ancho, 8 centímetros de calado y de 10 metros de eslora, o en su defecto, hasta que alcanzara la madera para acomodar más suicidas.  El ancla era un pedazo de block de cemento, vestigio de la construcción de la casa, o de una casa. Subirse a tal artefacto cuasi flotante era un reto monstruoso, similar al que realizan cinco saltimbanquis al encaramarse, al mismo tiempo, en sus monociclos en la cuerda floja de un  circo de pueblo. Al mando, es decir, el capitán,  iba el viviente del sitio, quien conocía el fondo fangoso de la ciénaga, plagada de rayas, mejor que la palma su mano, cuando estaba borracho, y ese día, lamentablemente, no lo estaba. 

A medida que se alejaban los expedicionarios, los náufragos, en lo cual se habían convertido en ese momento ya que quedaban sin medio alguno de escape de aquella isla, movían sus pañuelos blancos en señal de despedida. Más de uno añoró el viento para que su pañuelo ondeara, más de uno deseó que su pañuelo no estuviese mojado por sudor para que no cayera pesadamente sobre su mano. Más de uno deseo estar en aquel Johnson para comprar el queso.

El trayecto fue para los expedicionarios un vuelve a la vida, la fresca brisa hubiera movido sus cabellos si no hubiera sido por la calvicie de aquellos, voluntaria o involuntaria. Los tíos se sentaron en la popa, con la oculta intención de agarrarse del viviente en caso de vuelco y no pisar el fango de la ciénaga, de 67 centímetros de profundidad, y así evitar la dolorosa picadura de las rayas. Al carajo los sobrinos pensaban. Ellos, los sobrinos, se encontraban inteligentemente acomodados en la proa, recibiendo la primera brisa de menos de 35 oC en días, además para ser los primeros en pisar tierra civilizada.

-Tierra!!!, Tierra!!!, Grito el primer primo emocionado.

-Coca Cola Fría!!!, Agua Fría!!!, Algo Frio!!! Grito el segundo.

-Cerveza!!!, fue el estridente sonido desde la popa del Johnson.

Nadie dijo queso.

La llegada fue recibida como debieron de haber sido recibidos, en sus respectivas épocas,  vikingos, chinos y españoles en las Américas, y como son recibidos europeos y gringos ahora en las mismas tierras hispanoamericanas, júbilo total por la llegada de gente fina.

Los acordes rítmicos de la champeta, el vallenato, la gaita y la cumbia, retumbaban por aquel caserío de cuarenta casas, acomodadas ordenadamente por el mismo José Arcadio Buendía a petición de algunos rezagados de expediciones anteriores que se querían asentar allí en una noche que pernoctó en el campamento de éstos, buscando el mar.

Como cobras hipnotizadas por el ritmo, los expedicionarios recorrieron los cien metros del llamado puerto hacia el restaurante, abastecedor, tienda y bar.

-Llegó el Do´tor!!!, llegó el Do´tor gritaron los aldeanos jubilosos.

El pueblo entero entró en estado de total frenesí, la gente salía de sus casas y hacían un caminito real al doctor y su sequito para analizar su andar, sus maneras, sus gestos, con el fin de copiarlos y parecer por un momento, en algún futuro, gente de clase, civilizada.

El lugar de reunión estaba, a carencia de una iglesia, en el centro del pueblo, con la puerta al este, equidistante de otros lugares, menos importantes, de reunión. Nunca cerraba, el dueño lo recibió de su padre en una herencia sucesiva de padre a hijo que provenía desde el mismísimo aguatero de aquella antigua expedición truncada que encontró el patriarca de los Buendía décadas atrás, y con la misma premisa de siempre: dar de beber al que lo necesita. Estaba techado con planchones zinc, tablones de formaleta sin cepillar formaban las paredes, que en su interior estaban forradas de afiches descoloridos de promociones antiguas de productos ya obsoletos, caducados e inexistentes y chicas en vestidos de baño antiguos, y otros nuevos y diminutos. El piso estaba hecho de  tierra pisada y colmado de cigarrillos piel roja y gente borracha de la noche anterior. Estos ya eran parte del lugar y, como la pertencia del sitio, recibían el derecho de ser borrachos de su padre y el padre de su padre. La mesa de billar, desteñida y desnivelada  hacía años que no se usaba, desde que el último borracho botó la penúltima bola de billar en un momento de júbilo buscando imitar a Rentería cuando éste bateó el hit con el que los Marlins ganaron su primera serie mundial en el 97. Pero había algo que hacía de este lugar aún más especial y único, tenía un congelador.

Tan pronto como el doctor llegó al sitio, se corrieron mesas, se reacomodaron sillas, se sacaron los dormidos y todos querían estar tan cerca como les era posible de él. Las diferentes comitivas se agruparon con motivo de la presencia de tan ilustres visitantes: la de los gallos, la del fútbol, la de la política y obviamente la de los borrachos sin plata.

Luego de unos pares de cajas, por cuenta del doctor, se estableció el cronograma de actividades para tan solemne ocasión: primero, himno nacional, luego,  palabras del regente del pueblo, saque de honor en partido de fútbol, pelea de gallos y por último mitin político con el tema “No sea marica, no venda su voto”.

-¿Usted trajo comida? – preguntó un primo-, con cara de angustia pero más fresco con la primera Coca Cola.

-No viejo, ¿por qué?

-Porque esta vaina va´pa largo-vaticinó. Y tenía razón.

El himno nacional y las palabras del regente pasaron sin pena ni gloria pero, como ocurre en todas las ocasiones a lo largo y ancho del país, hicieron sentir a todos menos culpables para lo que se avecinaba.

El partido de fútbol se realizaría a las 10:30 a.m. a cuarenta y tres grados centígrados a la sombra del único trupillo y que enfrentaría a los equipos de la derecha de la calle ancha, contra los de la izquierda de la calle ancha, única calle con nombre en aquel lugar. El juego se demoró luego de que los únicos veintidós hombres en edades entre dieciocho y sesenta y cinco años encontraron camisetas de colores parecidos, para parecer un equipo. A continuación, se realizó la ceremonia de apertura a cargo del doctor con pase al tío y cara de falsa modestia ante los aplausos del respetable.

-No debieron haberse molestado, dijo el doctor.

-No es molestia do´tor, es un honor, dijo el regente.

-Esto es una güevonada, pensó el sequito.

Interminables noventa y ocho minutos pasaron en un partido en el que no se vio nada a causa de la polvareda levantada por los cuarenta y cuatro pies calzados con cualquier cosa con suela. La temperatura se había elevado ya a cuarenta y ocho grados  centígrados en el dichoso trupillo, refugio de los más afortunados, mientras que el sequito se derretía en el puesto de honor, a pleno sol de medio día en la línea central, lado norte. Marcador final del partido disputado en la sede del infierno sobre la tierra: cero a cero.

A continuación, la muchedumbre sudorosa y el doctor con su sequito insolado se dirigieron a la gallera. Estructura endeble y vieja, que hacía parecer a un redondel de corraleja al estadio de Wembley, hecha de los tablones sobrantes y abandonados de casas, verjas, botes y cualquier otra cosa que se pudiera pudrir con el correr del tiempo. Ésta se lleno de inmediato, como no se había visto en años, los dueños de los gallos, solo dos, afortunadamente porque sino no hubiera habido pelea, tenían sus gallos listos desde principios del segundo tiempo del partido de fútbol. Al final, la falta de previsión del regente, que estaba más dedicado a lambonear al doctor que a administrar, tuvo como consecuencia que nadie pagara los cien pesos de entrada. Las señoras, como siempre, con más visión financiera, habían comenzado a fritar patacones, moler yuca para las carimañolas, rellenar las empanadas y alistar los chuzos, ni un solo gato se vio por los alrededores ese día. El único hombre prevenido fue el dueño del bar, quien, fiel a su premisa de dar de beber al que lo necesita, mandó a su hijo mayor con una neverita de icopor, ya percudida de tanto polvo y a punto de romperse, a vender la cerveza helada, el agua en bolsa, el boli y la avena, a la sedienta congragación. Ese día el hombre prevenido valió por dos.

Para cuando la neverita llegó a los expedicionarios, el expendedor de bebidas les salió al paso y dijo: – Solo me queda cerveza, pero esta heladita, ya no queda más agua, boli ni avena en kilómetros a la redonda, los troncos del equipo de fútbol se hartaron todo.

-Bueno, por los menos es líquido, dijo un primo justificando su ansiedad.

-Y está heladita, dijo el otro infante farsante.

-Que no falte la cerveza, dijo el doctor.

Ese día Alcohólicos Anónimos ganó dos socios más.

De la pelea nadie se acuerda, unos porque querían ver y no podían, y los que podían, no querían. El aguatero, ascendido a barman ambulante, cumplió su palabra, al sequito no le faltó cerveza, y a los primos, menos acostumbrados, y a los tíos mal aconsejados, se les fueron subiendo a la cabeza.

Siguiente parada, la tienda-abastecedor-restaurante-bar. Cuando llegaron, a tan importante lugar, la multitud, que salía de la gallera, se acomodó en los puestos libres que dejaron los clientes habituales del lugar y que no habían podido o querido ver, ni el partido, ni la pelea, tenían sus prioridades. Solo un lunar se veía en aquel lugar, la mesa de palo con cuatro sillas, mal pintadas de rojo y hechas de la misma madera que la gallera, dispuestas para acomodar al sequito. Mesa que se encontraba a la par de una estrecha barra, librada de borrachos dormidos, para que el doctor pudiera subirse, cuando le diera la gana, e ilustrar a la comunidad reunida. Pero primero, unas cervecitas para la sed.

De un momento a otro, y mientras fluían las cervezas, rendidas con ron de caña, las carcajadas y las caras de los presentes se movían de manera vertiginosa a los ojos de los primos, el piso dejó de existir dando paso a una mezcla gelatinosa de espaguetis helados, miles de conversaciones irrumpían en los oídos de éstos y llegaban a la cabeza que no tenía tiempo, ni ganas de procesarlas. Gotas de sudor, frio, helado, como las cervezas, bajan por las caras enrojecidas de éstos pobres.

-Están como pálidos mijos, dijo el tío.

-Eso es el calor, expresó el sapo borracho que siempre se mete en las conversaciones privadas de los bares, sin tener idea de lo que pasa – dele a ese par unas cervecitas heladas y verá como se les quita.

-¿Ah? – balbuceó un primo.

-¿Qué? – Dijo el otro.

Luego de la cerveza, y la otra y la otra, y en un acto de responsabilidad, prudencia e instinto de conservación, impropios de un adolecente, uno de los primos preguntó al alguien que pasaba por algo de comer, su primera comida del día.

-Solo me quedan cuatro panochas, salió al paso nuevamente al dueño del bar – La doña las vendió todas en la gallera.

-Tráigalas!!!, Por favor!!!, Rogaron el par de mareados primos.

Panocha, más conocida como Red Bull de pobre, energía concentrada en forma de platillo volador a medio hacer, constituida solamente por una mezcla de carbohidratos, sales y azúcares fritos en aceite de carro viejo. La reconocida panocha tiene la  propiedad de ser el único miembro de la familia repostera crudo por fuera y quemado por dentro, un secreto de preparación transmitido desde quien medio cocinó la primera panocha babilónica hasta nuestros días por una secta de mujeres vengativas cuyo único propósito es envenenar a los miembros del sexo opuesto.

Las horas pasaban, cuerpos y voces se unían en aquella atmosfera densa, recargada de sudor, sonidos de botellas destapándose, chocando entre sí en miles de brindis hipócritas por parte de gentes sin un cinco y solo para seguir la parranda. En el viejo y polvoriento picó, lleno de luces centellantes,  apenas se oía el vallenato de moda, las conversaciones se entremezclaban y nadie se entendía, eso era la torre de babel. De repente, todos se callaron, el doctor había subido a la barra.

Éste, luego de aclarar su garganta, se expresó así:

La trilogía del poder en un estado de derecho y dentro del marco de la legalidad de esté mismo, autónomo e independiente, da al ciudadano, una responsabilidad ineludible que debe ser, y ha sido, por muchas décadas, la base misma donde se fundamentan los más sólidos principios del acontecer nacional. La vida, su vida, no debe ser tomada en cuenta como una sucesión de momentos concatenados e interconectados con la sucesión de los momentos de otros, no señor. La vida es más una singularidad dentro del espacio tiempo multidimensional, explicada por principios, tanto deterministas, como dentro del principio de incertidumbre, como lo plantea claramente la teoría del caos. La libertad, esa libertad de que tanto idolatraron nuestros antecesores y de la cual tenemos su inagotable herencia socio cultural, no constituye un medio de coacción del hombre al hombre, es una exaltación humanista del destello de racionalidad que nuestro ser superior inculcó en nosotros desde que éramos seres vivientes en el caldo primordial…entienden!!!

-Oye, tú captaste algo – dijo un borracho a otro.

-Ni mierda, pero aplaude que ese man es el que paga.

La multitud profirió, a este poeta político, un retumbante aplauso, fue sacado en hombros del lugar por una muchedumbre orgullosa de que aquel hijo pródigo de la región, las mujeres lloraban, los hombres gritaban, los niños no entendían que pasaba pero seguían la multitudinaria comitiva hacia el puerto, el pueblo entero estaba presente en la despedida. A duras penas el sequito se abrió paso hacia el Johnson antes que subieran al doctor. En algún momento se temió por su seguridad ante la conducta idólatra ésta comunidad ante la figura del doctor y el viviente arrancó el motor en el momento justo en que éste, mareado, subió al Johnson. La cuasi embarcación arrancó, y como habían sido todas las despedidas ese día, la multitud dijo adiós a los expedicionarios, convertidos en Dioses, ondeando pañuelos blancos en espera del retorno prometido para que los guiara, por medio de sus enseñanzas, por el camino del bien. 

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, la ciénaga fue casi mística, solo el trepidar rítmico del Johnson, como tambores ceremoniales, se escuchaba mientras los expedicionarios se sumían en sus propios pensamientos y analizaban lo que habían ocurrido. El viviente repartió los últimos vestigios de aquel brebaje alcohólico, destilado de la caña, y volvió a su puesto a meditar.

Cuando llegaron a la isla ya era de noche, estaba oscura  y silenciosa ya que los dos únicos humanos capaces de encender el generador diesel estaban en el bote. Se bajaron de puntillas, como lo hacen los culpables al llegar a lugares inocentes, entraron a la casa y todas las almas sudorosas, hambrientas y desdichadas hicieron al mismo tiempo y con odio la misma pregunta:

-Bueno, ¿y dónde está el queso?

FIN

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